El desembarco de la UME. Historia de un batallón

Teniente Coronel Juan Castro Reyes

 

Esta es la sencilla historia de la creación de un batallón de la Unidad Militar de Emergencias, la del segundo batallón, el de Morón, aunque bien podría ser la de cualquiera de los otros cuatro, otros serían los protagonistas, aunque seguramente idénticas serían las sensaciones, experiencias y dificultades. Por ello, porque fue una tarea colectiva y porque no querría omitir injustamente a nadie de cuantos ilusionada y desinteresadamente participaron en la empresa, no destacaré a ninguno. Esta historia debe ser tan solo el relato de un esfuerzo común.

Todos, durante nuestra vida militar, hemos recibido formación, que hemos perfeccionado a lo largo de nuestras carreras, para asumir los retos  que  el  cumplimiento  de las diversas misiones nos planteaban,

pero si existiese uno para el que no se nos había preparado, sin duda sería la creación de una unidad militar diseñada para cumplir, con carácter específico, una misión totalmente nueva, “la   intervención en cualquier lugar del territorio nacional, para contribuir a la seguridad y bienestar de los ciudadanos, junto con las instituciones del Estado y las Administraciones Públicas, en los supuestos de grave riesgo, catástrofe, calamidad u otras necesidades públicas”. Evidentemente carecíamos de procedimientos, ni tan siquiera de antecedentes cercanos sobre los que apoyarnos por imitación o ingeniería inversa. Tanto es así que aun hoy en día, con la unidad funcionando a pleno rendimiento, al tratar de rememorar cual fue el proceso seguido durante la fase de constitución de un batallón, me resulta pretencioso afirmar que contásemos con un proyecto preciso y detallado que diera respuesta a todas y cada una de las necesidades. Por ello, no encuentro mejor esquema para hilar este relato que el concebirlo como una operación militar. El desembarco de la UME.

RECLUTAMIENTO.

El 7 de octubre de 2005 por Acuerdo del Consejo de Ministros se decide la creación de la Unidad Militar de Emergencias. Hasta aquí, nada de particular que pudiese afectar a la vida de un comandante que en aquellos días estaba destinado en el Grupo de Artillería de la BRIMZ X y realizaba una comisión de servicio en Kosovo. De hecho, no tendría conocimiento de la Unidad Militar de Emergencias hasta que, pasados unos días de dicha efeméride, los comentarios entre compañeros, durante un punto de situación diario en el puesto de mando de la agrupación, trajesen a primer plano el proyecto y, con ello, las opiniones, las predicciones y los pábulos de todo tipo. ¿Quién sería su jefe, cuáles sus misiones, etc.? Después de este instante, algunos minutos de un día cualquiera, mis quehaceres profesionales continuaron sin que este hecho, entonces circunstancial, afectase a mis proyectos. Al menos eso pensaba.

En febrero de 2006, finalicé la misión en Kosovo, regresé a mi unidad y comencé a disfrutar del permiso de fin de misión que tuve que interrumpir, para jamás retomar, al ser destinado a la Academia de Caballería. Esta inesperada circunstancia, pondría a la Unidad Militar de Emergencias de nuevo en mi camino. En esta ocasión, no como un comentario entre compañeros, sino como una opción profesional. Fue el Teniente Coronel Montenegro, mi anterior jefe en el GACA X, quien me propuso enrolarme en este proyecto que se estaba preparando en el Ministerio de Defensa y que él, desde su puesto en el Gabinete Técnico del Secretario de Estado de Defensa, conocía sobradamente. Me ofreció la posibilidad de solicitar la vacante de comandante que estaba a punto de publicarse para asumir el mando interino de uno de los cinco batallones de la UME -creo que a esta alturas ya se la conocía como tal- y, dadas las circunstancias, me pareció una buena idea.

Poco tiempo después se publicarían vacantes para cubrir, entre otros órganos, lo que podría denominarse el “primer escalón de desembarco” de los cinco batallones y del regimiento de la UME. Se trataba de dotar a los batallones de un jefe que, con carácter interino, liderará la fase inicial del proceso de creación de cada una de las unidades, disponiendo para ello de una reducida plana mayor de mando, apoyos y del equivalente a una sección de intervención. Solicite la vacante de comandante en el segundo batallón de intervención en emergencias (BIEM II) que se crearía en la base aérea de Morón de la Frontera (Sevilla).

 

Tras el proceso de selección, en el mes de mayo de 2006, los comandantes   jefes   de   batallón -“el clan de los interinos”-, junto a los capitanes segundos jefes -en mi caso un capitán de Infantería de  Marina,  tal  vez  premonitorio de la acción en que nos empeñábamos-, fuimos citados a la sede del Ministerio de Defensa donde un reducido grupo de militares, el Núcleo de Constitución de la UME, trabajaba desde hacía varios meses en la planificación de todos los detalles, hasta el más mínimo, de lo que habría de ser la unidad: la misión y sus capacidades; la orgánica; la distribución territorial y sus áreas de responsabilidad; sus plantillas y su calendario de cobertura; los materiales; el plan de preparación; etc. Un trabajo excepcional que a quienes nos acercábamos a la UME, conociendo solo lo que por ahí se decía, es decir, nada o casi nada, no solo nos sorprendió, más bien nos impactó.  Finalizada la presentación, los oficiales, segundos jefes de los batallones, fueron despedidos y dirigidos a la base que a cada cual le correspondía (la primera oleada).  Durante la segunda jornada, solo para los comandantes, el jefe de estado mayor, teniente coronel López de Pozo, se entrevistó con cada uno de nosotros para, de modo personal, hacernos saber que se esperaba de nosotros y como habríamos de proceder. De esta entrevista el jefe del cuarto batallón saldría con trabajo “extra”, organizar el primer campamento –luego se transformaría en curso- básico de emergencias (I CBE). ¡Menudo reto! El reclutamiento había concluido, con un teléfono móvil como equipo de combate éramos despedidos pues al día siguiente debíamos estar en nuestras bases para, una vez allí, recibir al resto del personal de la unidad (segunda oleada). Ahora y solo ahora éramos conscientes de la envergadura de la operación en que nos embarcábamos y de la enorme responsabilidad que asumíamos. Tal vez, por aquello de ser los primeros, no podíamos fallar.

DESEMBARCO.

Tras la reunión habida en el Ministerio de Defensa con los responsables del Núcleo de Constitución, nos presentábamos escalonadamente en nuestras bases respectivas, en mi caso la de Morón de la Frontera, primero el comandante y en los días sucesivos el resto de la unidad. Allí, los capitanes de la primera oleada ya nos esperaban desde el día anterior. Como ya comenté, contaba con un capitán de Infantería de Marina, zapador para ser más exacto. Por ello, ni que decir tiene, hizo una excelente preparación de la playa. Una vez posicionados en el terreno, tras las presentaciones de rigor: al Jefe de la base; al resto de jefes; y muy especialmente a los responsables de las infraestructuras (alojamientos, comedores, oficinas, comunicaciones, etc.), pues serían éstos quienes, en los meses sucesivos con su apoyo y colaboración, facilitarían el cumplimiento de nuestra misión en esta fase de transición en la que todo lo necesitamos y nada teníamos, iniciábamos la conquista de los primeros objetivos.

El siguiente paso sería la recepción al personal destinado al batallón, la mayor parte del cual no conocía. La entrevista con cada uno de ellos dejaría claramente definidos los principales retos que habrían de afrontarse con carácter inmediato. Se trataba de personal con una amplia experiencia profesional –muchos de ellos habían pasado los últimos meses en Irak o Afganistán- cuyos domicilios estaban localizados a relativa distancia de la base aérea de Morón. Por lo tanto, el  programa  de  adiestramiento  tendría  que  ser  exigente y a la altura de la experiencia que atesoraban, mientras que la necesidad de infraestructuras de vida y medios para la instrucción podía llegar a ser acuciante en el plazo más inmediato.

La realidad fue que, a pesar de la buena voluntad de los responsables de las bases, allí estábamos alrededor de medio centenar de militares de la UME a los que había  que  proporcionar  alojamiento, dar de comer, dotar de alguna oficina e infraestructura desde la que iniciar los trabajos y posibilitar su adiestramiento. Todo esto, que puede parecer evidente, había que hacerlo y negociarlo día a día e instalación por instalación, no por falta de voluntad que, en general la hubo, sino porque, tampoco, las bases estaban preparadas para afrontar de modo inmediato el reto que se les planteaba.

Los primeros días o semanas, en los que abandonamos las embarcaciones y progresamos hasta la playa, fueron bastante complejos.

Tuvimos que comenzar a trabajar en la mesa de un comedor o donde se podía, con nuestros ordenadores  e  impresoras  particulares, y hacer mucho, mucho deporte, hasta que, el comienzo del  primer CBE, que tendría implicado, en San Clemente de Sasebas, a la mayor parte de la unidad durante cinco semanas, nos proporcionaría a los tres cuadros de mando que permaneceríamos en la base un preciado balón de oxígeno para atender y solucionar los problemas pendientes. Estas semanas, y el posterior permiso de verano, iban a proporcionar  el  tiempo y  el  sosiego necesarios para que las bases fueran dotándonos: de instalaciones, que tendríamos que ir adecuando como  oficinas;  de  mobiliario,  en la  medida  de  sus  posibilidades; de dormitorios, liberándolos para cuadros de mando y tropa; así como la necesaria infraestructura para disponer de telefonía y el resto de accesorios que facilitasen las comunicaciones.

Transcurría   el   primer   verano de la UME y el objetivo inicial estaba siendo alcanzado, la unidad se formaba en el I CBE y poco a poco íbamos disponiendo de las infraestructuras mínimas esenciales. Mientras tanto, las obras para dotar a los batallones de la infraestructura básica (el plan de choque) que les proporcionarían cierta autonomía, hasta completar su estructura final, no estarían concluidas hasta abril o mayo del año siguiente. En cuanto al mate-rial de oficina (ordenadores, mobiliario, etc.) y de carácter operativo (vehículos de transporte y de lucha contra incendios forestales), no estaría disponible, en el mejor de los casos, hasta principios de año 2007. Por lo tanto, el siguiente objetivo sería él de superar con éxito este periodo de carencias.

Quedaba pues desarrollar la siguiente fase, la que nos llevaría hasta comienzos del año 2007, cuando, en el mes de julio, una llamada del jefe de operaciones de la UME, teniente coronel Godoy, me ordenaba organizar, durante los meses de octubre y noviembre, el segundo campamento básico de emergencias (II CBE). Esta orden sería el revulsivo que necesitábamos para afrontar el tramo final de nuestro desembarco, pues solicité, y así fue aceptado, emplear a la mayor parte del personal de la unidad como instructores o personal de apoyo y de la PLMM del CBE. Esta decisión me permitiría continuar el adiestramiento de la unidad con medios de los que aún no disponían los batallones a la vez que, manteniéndola reunida, profundizaría en su cohesión.

 

CABEZA DE PLAYA.

Al finalizar el año 2006, transcurridos los siete primeros meses del inicio del desembarco de la UME, el primer escalón en cada uno de los batallones había alcanzado sus objetivos y habíamos sido reforzados hasta completar una compañía de intervención en emergencias naturales (CIEN) y una unidad de intervención en emergencias naturales en Gran Canaria (UIEN de Gando), además de los apoyos esenciales. En esta etapa, de consolidación de la cabeza de playa, se iniciaron, con la dirección del cuartel general de la UME, los primeros contactos con las comunidades autónomas. Había que presentar el proyecto y absorber los conocimientos que nos permitiesen adentrarnos con seguridad y humildad en el complejo y novedoso mundo de las emergencias, con espíritu de servicio y tratando de ser acogidos como uno más. En rigor, hay que reconocer que la acogida fue excelente.

El aspecto simbólico y normativo, al menos en su dimensión inicial, también fue abordado en esta fase. El diseño de los escudos y lemas de los batallones, como elemento identificativo y distintivo de cada uno ellos se acometió bajo la directriz común de superponer sobre el escudo de la UME la imagen de un animal que, en alguna medida, se asociase con la unidad que representase –En el caso del batallón de Morón de la Frontera elegimos el caballo que, no el gallo, es el animal representado en el escudo heráldico de la ciudad-. En cuanto a normativa se refiere, pasados los días del impacto inicial y coincidiendo con el aumento de personal que, convocatoria tras convocatoria, se iba adhiriendo a las unidades, había llegado el momento de regular la vida y funcionamiento de las unidades de modo que éstas, todavía en estado embrionario, comenzasen a parecerse cada vez más a lo que tendrían que ser en el futuro inmediato.

Comenzaba el nuevo año y antes de ser relevados por el resto del batallón, con sus tenientes coroneles al frente, había que consolidar la cabeza de playa alcanzada. Para ello había que concluir la conquista de los últimos objetivos: adiestrar, por un lado, una compañía –una UIEN en Gando- hasta estar en condiciones de certificar su capacidad operativa para intervenir en emergencias derivadas de grandes incendios forestales en la campaña de ese año y, por otro, recepcionar y habilitar –instalando mobiliario, material de oficina, redes de comunicaciones, etc.- las infraestructuras del plan de choque que  estarían  disponibles  durante los primeros meses de 2007.

 

Fueron    meses    de    actividad frenética con la recepción de las nuevas infraestructuras y el material de todo tipo –vehículos, autobombas, equipos de comunicaciones, material de intervención, mobiliario de oficina, equipos de mantenimiento, etc. – que llegaba a raudales. Todo el tiempo disponible era insuficiente para afrontar el ingente trabajo por hacer: los responsables de logística no daban abasto con la gestión de un inventario que crecía día a día; los de instrucción  y  adiestramiento  tenían pesadillas con la preparación de las compañías y la gestión de los innumerables cursos de formación técnica necesarios para el empleo de los medios recibidos y operativos para afrontar las capacidades de la UME; los de personal continuaban con la gestión de nuevas vacantes que irían completando la cobertura definitiva de sus plantillas; mientras las compañías pasaban el día modelando su instrucción en lucha contra incendios forestales. ¡No nos aburríamos!

 

El primer escalón del desembarco de la UME estaba a punto de dar por concluida su misión. Con la primera compañía encuadrada, formándose y adiestrándose a pleno rendimiento y con las infraestructuras logísticas y medios operativos previstos, recepcionados o a punto de serlo, podía darse por consolidada la cabeza de playa que facilitaría el desembarco al resto del batallón.

 

CONSOLIDAR LAS LÍNEAS ALCANZADAS PARA CONTINUAR AVANZANDO.

 

Llegaba el mes de abril de 2007 y los cinco batallones junto al regimiento estaban en condiciones de iniciar la siguiente fase de la operación. Había transcurrido casi un año desde que se iniciase el desembarco de la UME y con las cabezas de playa consolidadas se preparaban para recibir a los nuevos jefes de unidad que acababan de ser destinados y, con ellos, la práctica totalidad de las plantillas. Era el momento del relevo y ampliación de las líneas alcanzadas. Ahora, con la garantía y seguridad que proporcionaba el terreno conquistado, los problemas en que concentrarse serían otros: cohesionar los batallones tras un periodo de crecimiento vertiginoso; continuar la formación del personal que seguía reclutándose; adiestrar el resto de compañías; conseguir la certificación de una compañía en lucha contra incendios forestales; continuar con la recepción de material y equipo; consolidar los planes de infraestructuras aún pendientes; etc.

 

A partir de este momento las unidades tendrían la oportunidad de demostrar la eficacia de su preparación y fue pronto, durante el verano de 2007, cuando, de manera mucho más agresiva de la imaginada, tuvieron la oportunidad de demostrar su idoneidad para asumir las misiones que habían adiestrado. Una serie importante de incendios forestales, muchos de ellos simultáneos, en las Islas Canarias y otros puntos de la península, supondría su bautismo de fuego. Los batallones de la UME, con una capacidad operativa limitada –una compañía por batallón-, estuvieron a la altura de las exigencias en el más difícil de los escenarios posibles.

 

Tras la primera campaña de lucha contra incendios forestales, quedaba completar el resto de capacidades: inundaciones; seísmos y deslizamientos del terreno; grandes nevadas y otros fenómenos meteorológicos adversos; riesgos tecnológicos y medioambientales; capacidades especiales; etc. Con la satisfacción de haber empeñado lo mejor de todos en esta empresa, casi sin tiempo de mirar atrás, había que continuar avanzado. Pero esa historia corresponderá a otros contarla.

 

El Teniente Coronel Castro estuvo al mando del BIEM II desde su creación hasta abril de 2007

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